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Cuando el país también duele: por qué el sufrimiento colectivo no se cura solo con tiempo, ni en soledad

Reflexiones desde la clínica sobre trauma social, duelo migratorio y la posibilidad de sanar después de una crisis compartida

DUELO MIGRATORIO, TRAUMA SOCIAL Y CULTURAL

7/11/20266 min read

El 24 de junio de 2026, un doble sismo sacudió a Venezuela con una fuerza que el país no vivía en más de un siglo. Cientos de muertos, miles de heridos, ciudades enteras mostrando de golpe una fragilidad que muchos ya conocían de otras formas. Y junto a la tragedia, dos imágenes conviviendo: una ayuda humanitaria civil e internacional desbordante —brigadas, donaciones, manos tendidas desde todos lados— y, en paralelo, la sensación extendida de que el Estado, una vez más, no llegaba a tiempo.

Como psicóloga, ese contraste me detuvo. Porque no es solo una noticia. Es, clínicamente, un disparador.

Para quien ha vivido de cerca —en carne propia o en la de sus seres queridos— el colapso económico, la represión o la migración forzada de la última década venezolana, un terremoto de esta magnitud no es únicamente un evento natural. Es la reactivación de una herida que ya estaba abierta. El duelo agudo por lo perdido en el sismo se entrelaza con un duelo más antiguo y silencioso: el duelo migratorio, el duelo por el país que fue, por los vínculos que la distancia fue rompiendo de a poco.

Quiero compartir en esta nota algunas ideas que vengo trabajando —desde el apego, el estrés postraumático y la mirada cultural del sufrimiento— para pensar por qué este tipo de crisis golpea tan hondo, y qué caminos existen para atravesarlas sin quedar solos en el intento.

Cuando el peligro deja de ser un momento y se convierte en una forma de vivir

Hay una diferencia enorme entre vivir un susto puntual y vivir años de incertidumbre sostenida. No saber si habrá medicina, si el salario va a alcanzar, si el próximo apagón traerá consigo algo peor: todo eso instala en el cuerpo un estado de alerta permanente. El sistema nervioso aprende a esperar la próxima amenaza, y ese aprendizaje no se apaga fácilmente aunque después la situación cambie.

Esto es clave para entender por qué un evento como el terremoto de junio puede tener un impacto psíquico tan grande: no cae sobre una persona en calma, sino sobre un cuerpo que ya venía sosteniendo, durante años, una carga enorme.

El país como base segura (o como base que falta)

Desde la teoría del apego sabemos que la seguridad no depende solo de una figura de cuidado en la infancia. También necesitamos, como adultos, una especie de "base segura" más amplia: instituciones, un Estado, una comunidad que sostenga cuando las cosas se caen —a veces literalmente.

Cuando esa base falta de manera sostenida, algo parecido a lo que en clínica llamamos apego desorganizado empieza a operar también a nivel colectivo: la fuente que debería dar seguridad se vuelve, a la vez, fuente de incertidumbre. Aparece entonces la hipervigilancia crónica, la dificultad para confiar incluso en la ayuda genuina, y una autosuficiencia forzada que, aunque permite sobrevivir, también dificulta pedir ayuda y sostener redes reales de apoyo.

Un trauma que no termina: el estrés postraumático complejo

El estrés postraumático "clásico" se piensa en relación a un evento delimitado: algo ocurrió, y después hay un "después". Pero cuando la amenaza no cesa —se transforma, pero no cesa—, aparece un cuadro distinto, que hoy tiene nombre propio en la clasificación internacional de enfermedades: el estrés postraumático complejo.

A los síntomas conocidos (recuerdos intrusivos, evitación, hiperalerta) se suman dificultades más duraderas: para regular las emociones, para sostener una imagen de sí mismo que no esté teñida de derrota o vergüenza, y para confiar y sostener vínculos cercanos.

Este marco encaja mejor que el trauma "clásico" para pensar lo que atraviesan muchos venezolanos, dentro y fuera del país: no hay un solo evento del cual salir, sino una condición sostenida que va cambiando de forma —crisis económica, represión, colapso de servicios, migración forzada, terremoto— sin terminar de cerrarse nunca del todo.

El duelo migratorio: perder un país que todavía existe

Hay un tipo particular de duelo que se activa en quienes migraron: la pérdida de un país, una familia, un estatus social, una lengua compartida y rituales cotidianos, sin que exista muchas veces la posibilidad de un cierre. No se elabora una sola vez. Se reactiva con cada noticia, con cada llamada que no se puede hacer, con cada fecha significativa vivida a la distancia.

El terremoto de junio funcionó, para muchos venezolanos en el exterior, como un reactivador potente de ese duelo latente. Ver colapsar edificios, no poder comunicarse con la familia, enterarse de la lentitud de la ayuda estatal, no es una noticia externa: es la confirmación de aquello que, en muchos casos, motivó la propia partida.

Esta identificación tan profunda con lo que viven otros tiene, además, un costo propio: la fatiga por compasión, también llamada trauma vicario. Sostener emocionalmente a otros desde la distancia —hijos que contienen a sus padres, hermanos mayores que sostienen a la familia dispersa, quienes acompañamos a otros profesionalmente— también desgasta y también traumatiza, aunque no hayamos estado bajo los escombros.

El trauma que se hereda: cuando el sufrimiento pasa de generación en generación.

Hay heridas que no las porta solo una persona, sino un pueblo entero: transmitidas no tanto por relatos explícitos sino por formas de vincularse con la autoridad, con la confianza, con el futuro. La ruptura del proyecto de país para varias generaciones, la fragmentación familiar masiva por la migración, la desconfianza institucional que se transmite casi en silencio de padres a hijos ("no se puede confiar en el Estado")… todo esto configura lo que llamamos trauma cultural.

Trabajar esto en clínica exige salir del modelo puramente individual y pensar también en reparación simbólica colectiva: espacios de duelo compartido, de narración comunitaria, de reconocimiento social del sufrimiento.

¿Y entonces, cómo se sana algo así?

Acá es donde me interesa ofrecer una mirada esperanzadora, sin caer en un optimismo ingenuo.

Primero, algo que suena obvio pero no siempre se dice con claridad: nombrar el malestar como respuesta lógica a un contexto real, y no como una falla personal, ya es en sí mismo un acto de cuidado clínico. Gran parte de lo que se elabora en consulta tiene una causa estructural y política que no depende de la voluntad ni de los recursos internos de cada persona.

Segundo, existen herramientas concretas y con respaldo para trabajar el trauma a nivel del cuerpo y el sistema nervioso —como el EMDR—, que ayudan a que experiencias abrumadoras, que quedaron "congeladas" en el momento en que ocurrieron, puedan finalmente integrarse como parte del pasado, en lugar de revivirse una y otra vez como si el peligro siguiera presente.

Tercero, la sanación colectiva necesita más que testimonio y duelo compartido —aunque ambos sean imprescindibles como primer paso—. Necesita un trabajo más profundo de transformación de las imágenes con las que un pueblo se representa a sí mismo, su pasado y al otro: recuperar la humanidad de quien fue deshumanizado, ya sea el migrante estigmatizado en el país de acogida o la fractura entre quienes se fueron y quienes se quedaron. Esta reconciliación no es olvido ni renuncia a la memoria o a la justicia: es una transformación activa, sostenida en redes comunitarias reales, que permite construir una identidad colectiva que ya no esté organizada alrededor de la amenaza, sino alrededor de la posibilidad de un futuro compartido.

Humanizar después del trauma

Si hay una convicción que atraviesa todo este trabajo, es esta: humanizar el mundo pasa por construir una cultura de cuidados y afectividad social que no dependa solo del heroísmo individual —de las madres que sostienen, de los voluntarios que llegan, de quienes resisten—, sino que avance hacia instituciones que estén efectivamente en función de las personas y de sus necesidades reales.

El terremoto del 24 de junio de 2026 es, en este sentido, más que un evento sísmico: es una metáfora dolorosamente literal de algo que ya se sabía. La tierra se movió, los edificios cayeron, y una vez más fue la sociedad civil —dentro y fuera del país— la que sostuvo lo que otros debían sostener. Pensar clínicamente ese momento es un modo de dar dignidad al sufrimiento de quienes lo atraviesan, y también un llamado a no naturalizar la ausencia de cuidado como destino.


Si estás atravesando un proceso similar —propio, familiar o por identificación con lo que vive tu país de origen— y sentís que necesitás acompañamiento, podés escribirme o agendar una consulta. No hace falta atravesar esto en soledad.

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