Lo que la comida intenta calmar

A veces la comida no busca llenar el estómago, sino calmar una emoción, una ausencia o una herida antigua. Un recorrido por la historia que habita nuestro cuerpo, el hambre emocional y el camino hacia una relación más amable con nosotros mismos.

ALIMENTACIÓN CONSCIENTE

1/20/20264 min read

Lo que la comida intenta calmar.

¿Por qué como cuando no tengo hambre?

Trauma, regulación emocional y la historia que existe detrás de nuestra relación con la comida.

“Sé que no tengo hambre, pero no puedo parar de comer.”

Es una de las frases que más se repite en el consultorio.

A veces aparece después de un día agotador. Después de una discusión. En una noche de soledad. En medio de la ansiedad, del estrés o de una sensación de vacío difícil de explicar.

La persona abre la heladera buscando algo que, en realidad, no siempre es comida.

Busca calma. Busca alivio. Busca descanso. Busca una pausa en medio del ruido interno.

Y muchas veces, cuando ese momento termina, llega la culpa:

“¿Por qué lo hice?”
“¿Por qué no tengo más fuerza de voluntad?”

Pero quizás la pregunta no sea por qué no pudiste controlarte.

Quizás la pregunta sea:

¿Qué estaba intentando cuidar de mí esa conducta?

Durante mucho tiempo aprendimos a pensar la alimentación únicamente desde las calorías, las dietas o la disciplina. Sin embargo, hoy sabemos que nuestra relación con la comida también está atravesada por nuestras emociones, nuestra historia y nuestro sistema nervioso.

Porque no toda hambre nace en el estómago.

Existe un hambre física, que aparece poco a poco, que nos permite elegir diferentes alimentos y que desaparece cuando nuestro cuerpo recibe lo que necesita.

Pero también existe un hambre emocional o hedónica. Esa que aparece de repente, que suele pedir algo específico —generalmente asociado al placer o al consuelo— y que muchas veces parece no tener un punto de saciedad.

Es el hambre de un cuerpo que está intentando regular una emoción que no encuentra otra vía para ser expresada.

La ansiedad, la tristeza, el miedo, la soledad, el aburrimiento o la angustia pueden convertirse en sensaciones difíciles de sostener. Y entonces la comida aparece como una estrategia de supervivencia: un recurso que nuestro organismo encontró para disminuir, aunque sea por un momento, el malestar.

La pregunta entonces deja de ser:

“¿Por qué como tanto?”

Y se transforma en una mucho más amorosa:

¿Qué dolor, qué necesidad o qué emoción está intentando calmar esta comida?

La herida que no siempre se ve

Cuando escuchamos la palabra trauma solemos imaginar acontecimientos extremos: accidentes, violencia, pérdidas o situaciones que pusieron en riesgo nuestra vida.

Pero el trauma no se define solamente por lo que ocurrió, sino por cómo esa experiencia quedó registrada en nuestro cuerpo y en nuestro sistema nervioso.

Dos personas pueden vivir una misma situación y tener consecuencias emocionales completamente diferentes.

Además de los grandes traumas, existen pequeñas heridas repetidas que pueden ir construyendo una profunda sensación de no ser suficiente.

Un comentario sobre nuestro cuerpo en la infancia.
Una mirada de desaprobación.
Una burla en la escuela.
El rechazo.
La crítica constante.
Crecer sintiendo que nuestras emociones eran exageradas o que no había espacio para ellas.

A veces no hay un gran acontecimiento que podamos señalar.

A veces hay cientos de pequeñas experiencias que el cuerpo fue guardando en silencio.

Como escribe Magdalena Piñeyro en 10 gritos contra la gordofobia:

"Monstruo.
Semidiós, semiespectro, semiabyecto,
este cuerpo que grita y reclama su lugar desde el margen,
sobrevive,
guerrero e invisible, perdido y triunfante, lleno de amor y de odio, combatiendo la norma, inmutable mutante,
por el derecho más obvio
con el más simple estandarte:
que sonría y sea feliz este corazón que late."

Detrás de cada cuerpo existe una historia.

Una historia de amor y de rechazo, de cuidado y de heridas, de estrategias que alguna vez ayudaron a sobrevivir.

Por eso el trabajo terapéutico no busca combatir el cuerpo ni entrar en una guerra contra él.

Busca comprenderlo.

Cuando el pasado se activa en el presente

Nuestro cerebro está diseñado para protegernos.

La amígdala funciona como una alarma que detecta amenazas y prepara al cuerpo para reaccionar. El hipocampo, en cambio, nos ayuda a organizar los recuerdos y distinguir lo que pertenece al pasado de lo que está sucediendo ahora.

Cuando una experiencia dolorosa no pudo ser procesada, el sistema nervioso puede reaccionar frente a situaciones actuales como si aquel peligro siguiera ocurriendo.

Un comentario sobre nuestro aspecto.
Una sensación de rechazo.
Una emoción incómoda.

Algo en el presente toca una herida antigua y el cuerpo responde desde esa memoria.

No es que la persona “no tenga control”.

Muchas veces su organismo está haciendo exactamente lo que aprendió a hacer para protegerse.

Aprender nuevas formas de cuidar lo que sentimos

La buena noticia es que nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso tienen capacidad de sanar y crear nuevas experiencias.

La psicoterapia no busca borrar la historia, sino ayudar a que aquello que quedó atrapado pueda integrarse de una manera diferente.

A través de un abordaje integrativo que incluye el trabajo corporal, la regulación emocional, la terapia Gestalt y herramientas como EMDR, la persona puede comenzar a desarrollar nuevos recursos internos.

Poco a poco aprende a reconocer lo que siente, a tolerar emociones difíciles, a diferenciar el pasado del presente y a responder desde la libertad y no desde la herida.

Entonces la comida deja de ser la única manera de calmarse.

Porque aparecen nuevas formas de acompañarse.

Escuchar el mensaje detrás del síntoma

A veces el impulso de comer no habla de una falta de voluntad.

Habla de una necesidad.

De una emoción que no tuvo palabras.
De una parte de nosotros que busca alivio.
De una historia que todavía necesita ser escuchada.

Quizás la pregunta más transformadora no sea:

“¿Cómo hago para dejar de comer?”

Sino:

“¿Qué parte de mí necesita hoy ser cuidada?”

Porque sanar la relación con la comida, muchas veces, comienza por sanar la relación con uno mismo.

Un acompañamiento integral para volver a habitar tu cuerpo con mayor calma y compasión

Si sentís que la ansiedad, el estrés o tu historia emocional influyen en tu forma de alimentarte, la terapia puede ser un espacio para comprender aquello que tu cuerpo está intentando expresar.

Un espacio para transformar la lucha en escucha, la culpa en comprensión y el control en una forma más amorosa de cuidado.

Porque detrás de cada síntoma hay una historia. Y toda historia merece ser escuchada.

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